Sentirse seguro en una relación

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Una relación segura no es una relación sin conflictos. Es una relación en la que puedes expresar necesidades, poner límites, equivocarte o mostrar vulnerabilidad sin sentir que el vínculo está constantemente en peligro.

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A veces pensamos que una relación segura es una relación en la que no hay dudas, no hay conflictos y nunca pasa nada que nos haga daño.

Pero no funciona así.

Puedes sentirte segura con alguien y discutir. Puedes enfadarte. Puedes tener momentos de distancia. Puedes sentir celos alguna vez o atravesar una crisis.

La seguridad emocional no consiste en vivir en una relación perfecta.

Tiene más que ver con poder estar en el vínculo sin sentir que debes protegerte constantemente de él.

Es saber que puedes mostrarte como eres, expresar lo que necesitas, equivocarte, poner un límite o decir que algo te ha dolido sin tener la sensación de que por hacerlo todo puede venirse abajo.

¿Qué significa sentirse emocionalmente seguro con alguien?

Sentirse seguro en una relación no significa depender del otro para estar tranquilo todo el tiempo.

Tampoco significa saber con certeza que nunca te dejará, que nunca te decepcionará o que siempre responderá exactamente como esperas.

Esa certeza no existe.

La seguridad emocional se construye más bien cuando, a través de muchas experiencias pequeñas, vamos comprobando que el vínculo es suficientemente fiable.

Que si expreso algo importante, puedo ser escuchado.

Que si digo que no, mi límite cuenta.

Que si me equivoco, no seré humillado.

Que si muestro una inseguridad, no se utilizará después contra mí.

Que si tenemos un conflicto, podemos enfadarnos sin destruirnos.

Y que si uno de los dos hace daño al otro, existe alguna posibilidad de reconocerlo, hablarlo y reparar.

Con el tiempo, todo eso va creando una sensación interna parecida a:

“Aquí puedo bajar un poco la guardia.”

Una relación segura no es una relación en la que nunca te hacen daño

En cualquier relación importante habrá momentos en los que nos sintamos heridos.

Nuestra pareja puede decir algo desafortunado. Puede no darse cuenta de una necesidad. Puede decepcionarnos, estar menos disponible de lo que esperábamos o gestionar mal un conflicto.

El problema no es únicamente que haya momentos de ruptura.

Importa muchísimo qué ocurre después.

¿Podemos hablar de lo sucedido?

¿La otra persona intenta entender cómo nos ha afectado?

¿Puede asumir responsabilidad sin convertir inmediatamente la conversación en una defensa?

¿Hay espacio para reparar?

¿O cada herida se minimiza, se niega o acaba convirtiéndose en una discusión sobre si tenemos derecho a sentirnos así?

Una relación segura no es aquella en la que nadie falla.

Es aquella en la que los fallos no tienen por qué convertirse siempre en grietas irreparables.

Qué construye seguridad emocional en una relación

La seguridad suele construirse poco a poco.

No depende tanto de grandes declaraciones como de la repetición de determinadas experiencias.

Una de ellas es la coherencia.

Cuando lo que una persona dice y lo que hace guarda cierta relación, podemos empezar a confiar en ella.

También ayuda la previsibilidad suficiente.

No significa que nuestra pareja deba reaccionar siempre igual, sino que no tengamos que vivir pendientes de si hoy una necesidad será recibida con cariño y mañana con desprecio.

La disponibilidad emocional también importa.

Poder acudir al otro cuando estamos mal y sentir que, aunque quizá no pueda resolverlo, intenta estar presente.

El respeto por los límites es otra pieza fundamental.

Un límite pierde mucho de su sentido cuando expresarlo no modifica nada.

Y también construye seguridad algo que a veces olvidamos: poder disentir.

Poder decir:

“Yo esto no lo veo igual.”

“Necesito otra cosa.”

“Esto me ha dolido.”

“No quiero.”

Sin que cada diferencia se convierta automáticamente en amenaza, castigo o retirada afectiva.

Qué puede romper esa seguridad

Hay conductas que, especialmente cuando se repiten, pueden ir erosionando mucho la sensación de seguridad.

  • Las mentiras.
  • Las ocultaciones.
  • Prometer continuamente cambios que nunca llegan.
  • Amenazar con romper la relación durante los conflictos.
  • Utilizar el silencio como castigo.
  • Ridiculizar emociones o inseguridades.
  • Negar hechos que la otra persona ha vivido.
  • Cruzar límites que ya han sido expresados claramente.
  • Retirar afecto de forma imprevisible.
  • Utilizar confidencias íntimas durante una pelea.

No todas estas conductas tienen el mismo peso y una situación aislada no define necesariamente toda una relación.

Importa el contexto.

Importa la frecuencia.

Importa la gravedad.

Y, sobre todo, importa qué ocurre cuando se señala el problema.

Porque cometer un error y poder hacerse cargo de él no es lo mismo que repetir un patrón y exigir al otro que deje de sentirse afectado por él.

Cuando una relación actual activa inseguridades antiguas

Hay otra parte importante de la historia.

No toda sensación de inseguridad nace necesariamente en la relación actual.

Las experiencias anteriores también entran con nosotros en los vínculos.

Si has vivido abandono, rechazo, engaños, relaciones muy inestables o vínculos donde expresar necesidades tenía consecuencias negativas, es posible que tu sistema de alarma sea especialmente sensible.

Quizá necesites más tiempo para confiar.

Quizá determinados silencios, cambios de tono o momentos de distancia despierten una angustia mucho mayor de lo que otra persona esperaría.

Pero reconocer esto no significa concluir:

“Entonces el problema es mío.”

A veces nuestras experiencias previas nos hacen interpretar como peligrosas situaciones que no lo son.

Y otras veces una relación actual toca una herida antigua porque realmente está ocurriendo algo que se parece a aquello que ya nos hizo daño.

Las dos cosas pueden coexistir.

Por eso una pregunta bastante más útil que “¿soy demasiado insegura?” podría ser:

“¿Cuánto de esta alarma pertenece a mi historia y cuánto está respondiendo a lo que ocurre en esta relación?”

El control puede parecer seguridad, pero no es lo mismo

Cuando sentimos miedo de perder una relación, es comprensible intentar reducir la incertidumbre.

  • Saber dónde está la otra persona.
  • Preguntar muchas veces si todo va bien.
  • Buscar confirmaciones constantes.
  • Revisar.
  • Comprobar.
  • Intentar controlar con quién habla o qué hace.

Durante unos minutos puede funcionar. La ansiedad baja. Pero suele durar poco.

Porque la seguridad que depende de comprobar constantemente algo necesita una nueva comprobación cada vez que vuelve la duda.

Y así podemos acabar confundiendo tranquilidad momentánea con seguridad real.

Una relación segura no necesita que sepamos absolutamente todo.

Necesita que exista suficiente confianza como para poder tolerar que hay una parte de la vida del otro que no controlamos.

¿Cómo sé si me siento segura en mi relación?

No existe un cuestionario que pueda responderlo por ti, pero algunas preguntas pueden ayudarte a observar cómo vives ese vínculo.

  • ¿Puedo expresar una necesidad sin sentir que estoy siendo demasiado exigente?
  • ¿Puedo decir que algo me molesta sin prepararme para una guerra?
  • ¿Puedo estar en desacuerdo?
  • ¿Puedo pedir espacio?
  • ¿Puedo acercarme cuando necesito apoyo?
  • ¿Tengo que medir mucho lo que digo para evitar determinadas reacciones?
  • ¿Confío razonablemente en la palabra de mi pareja?
  • ¿Mis límites son escuchados?
  • Cuando algo me duele, ¿hay curiosidad por entenderlo o tengo que justificar por qué debería dolerme?
  • ¿Puedo tener una vida propia sin que eso amenace la relación?
  • Y cuando tenemos un conflicto: ¿siento que estamos intentando resolver algo o siento que tengo que protegerme del otro?

La respuesta a estas preguntas puede decirnos bastante más sobre la seguridad de un vínculo que la ausencia de discusiones.

La seguridad emocional también se construye desde uno mismo

La pareja importa muchísimo.

Pero tampoco podemos colocar toda nuestra seguridad en manos del otro.

Sentirse más seguro dentro de una relación también implica conocerse.

Saber qué necesitamos.

Aprender a identificar nuestros límites.

Poder decir que algo no nos hace bien.

Distinguir una señal real de peligro de una activación emocional.

Tolerar cierta incertidumbre.

Y quizá una de las cosas más importantes: no abandonarnos a nosotros mismos para conseguir que el otro no se vaya.

Porque algunas relaciones aparentemente tranquilas se sostienen a costa de que una persona deje de decir lo que piensa, de pedir lo que necesita o de poner límites.

Eso puede reducir los conflictos.

Pero no necesariamente genera seguridad.

A veces genera silencio.

¿Y si no sé si el problema está en mi relación o en mí?

Esta pregunta aparece muchísimo.

Y seguramente sea porque muchas veces la respuesta no está completamente en un sitio ni en el otro.

Podemos tener heridas propias y estar en una relación que las activa.

Podemos tener una pareja razonablemente segura y necesitar tiempo para aprender a confiar.

Podemos tener una gran capacidad para confiar y acabar desarrollando inseguridad después de muchas experiencias de inconsistencia.

Por eso no siempre se trata de descubrir quién “tiene el problema”.

Se trata de entender qué está ocurriendo entre esas dos personas concretas.

Qué necesita una.

Qué puede ofrecer la otra.

Qué patrones se han creado.

Qué heridas se activan.

Qué se puede reparar.

Y qué cosas quizá no deberían normalizarse.

La terapia puede ayudar a entender de dónde viene esa inseguridad

En terapia no se trata de convencerte de que tu relación está bien ni de decirte que debes terminarla.

Podemos explorar qué situaciones despiertan inseguridad, de dónde vienen determinadas respuestas emocionales, qué estás necesitando del otro y qué ocurre cuando intentas pedirlo.

También podemos trabajar la capacidad de poner límites, tolerar incertidumbre y distinguir cuándo una alarma pertenece sobre todo a experiencias anteriores y cuándo está señalando algo importante del presente.

Porque sentirse seguro consiste en poder mirar la relación con suficiente claridad como para saber en qué puedes confiar, qué necesitas cuidar y qué cosas no deberías tener que soportar para mantener un vínculo.

Una relación segura no elimina toda vulnerabilidad.

En cierto modo, permite justamente lo contrario:

poder ser vulnerable sin sentir que por ello dejas de estar a salvo.

Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.

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