Prejuicios: mecanismo de ahorro y protección

prejuicios
Nuestra mente clasifica para comprender el mundo y, a veces, también para protegernos de aquello que ya nos hizo daño. El problema aparece cuando una primera impresión se convierte en una verdad rígida y dejamos de ver a la persona que tenemos delante.

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Cuando escuchamos la palabra prejuicio, es fácil pensar en personas intolerantes, cerradas o poco dispuestas a conocer aquello que es diferente. Tendemos a entender los prejuicios como algo que tienen los demás, generalmente personas con valores o ideas muy alejados de los nuestros.

Sin embargo, los prejuicios forman parte del funcionamiento habitual de nuestra mente. Todas las personas clasificamos, generalizamos y anticipamos. No porque seamos necesariamente ignorantes o malintencionadas, sino porque nuestro cerebro necesita organizar una realidad demasiado compleja.

Esto no significa que todos los prejuicios sean aceptables ni que debamos resignarnos a ellos. Comprender por qué aparecen no sirve para justificarlos, sino para poder reconocerlos y revisar qué hacemos con ellos.

Porque una cosa es que nuestra mente genere una primera impresión y otra muy diferente es convertir esa impresión en una verdad incuestionable sobre la persona que tenemos delante.

Nuestra mente necesita clasificar para comprender el mundo

Recibimos constantemente una enorme cantidad de información. Personas, objetos, sonidos, situaciones, palabras, gestos… Sería imposible analizar cada elemento como si lo encontráramos por primera vez. Gastaríamos mucho tiempo y energía y nuestras respuestas serían lentas y torpes.

Por eso, nuestra mente agrupa la información en categorías.

Sabemos que una silla sirve para sentarse aunque nunca hayamos visto exactamente ese modelo. Reconocemos que algo puede ser peligroso porque se parece a otras situaciones que aprendimos a evitar. También anticipamos cómo puede funcionar un determinado contexto basándonos en experiencias anteriores.

Categorizar nos permite orientarnos, aprender con mayor rapidez y tomar decisiones sin tener que empezar de cero cada vez.

El problema es que hacemos lo mismo con las personas.

Nos fijamos en su edad, su forma de vestir, su género, su manera de hablar, su profesión, su origen o el grupo al que creemos que pertenecen. A partir de ahí, nuestra mente puede empezar a completar la información que todavía no tiene.

Antes de conocer realmente a alguien, ya podemos haber imaginado cómo es, qué piensa, cómo se comportará o qué podemos esperar de esa persona.

De las categorías a los estereotipos y los prejuicios

Aunque suelen utilizarse como sinónimos, no significan exactamente lo mismo.

Un estereotipo es una idea generalizada acerca de las personas que forman parte de un determinado grupo. Por ejemplo, pensar que quienes pertenecen a cierta generación son de una manera concreta o que las personas con una determinada profesión comparten ciertos rasgos.

El prejuicio incorpora además una valoración previa. No solo suponemos que una persona será de determinada forma, sino que esa expectativa influye en cómo nos sentimos respecto a ella.

La discriminación aparece cuando esa creencia o valoración se traduce en una conducta: tratamos a alguien de manera diferente, le cerramos una oportunidad o tomamos una decisión sobre esa persona basándonos en la categoría a la que pertenece.

El recorrido puede ser muy rápido. Vemos a alguien, lo clasificamos, asociamos esa categoría con determinadas características y comenzamos a relacionarnos con esa persona como si ya supiéramos quién es.

En lugar de utilizar la categoría como una primera orientación, la convertimos en una conclusión.

Los prejuicios también se aprenden

Muchas de las ideas que tenemos sobre determinados grupos no nacen de una experiencia personal directa. Las aprendemos.

Las absorbemos de nuestra familia, de las conversaciones que escuchamos durante la infancia, de nuestro entorno social, de los medios de comunicación, de las historias que consumimos y de la cultura en la que vivimos.

A veces ni siquiera recordamos cuándo empezamos a pensar de determinada manera. Algunas asociaciones se han repetido tantas veces que terminan pareciéndonos evidentes o naturales.

Además, solemos prestar más atención a la información que confirma lo que ya pensábamos. Esto es el sesgo de confirmación. Cuando una persona coincide con nuestro estereotipo, lo recordamos como una prueba. Cuando lo contradice, podemos considerarla una excepción.

Así, el prejuicio consigue mantenerse incluso cuando la realidad es mucho más variada de lo que nuestra idea inicial permite ver.

Cuando generalizar también es una forma de protegernos

No todas las generalizaciones sobre otras personas proceden únicamente de los aprendizajes sociales. Algunas se construyen a partir de experiencias profundamente dolorosas.

En estos casos, quizá sería más preciso hablar también de creencias generalizadas o esquemas de protección, aunque externamente puedan funcionar de una manera muy parecida a un prejuicio.

Una persona que ha sufrido rechazo o acoso escolar puede llegar a pensar que la gente es cruel, que los grupos siempre terminan excluyendo a alguien o que acercarse demasiado a los demás implica exponerse a que vuelvan a hacerle daño.

Alguien que ha crecido viendo cómo su padre y otros hombres importantes traicionaban, abandonaban o dañaban a su madre —o a ella misma— puede concluir que los hombres no son seguros o que tarde o temprano todos acaban traicionando.

Desde fuera, estas afirmaciones pueden parecer exageradas o injustas. Sin embargo, suelen tener una lógica emocional.

Si creo que nadie es de fiar, mantendré la distancia. Si espero que las personas me rechacen, intentaré no depender demasiado de ellas. Si doy por hecho que todos los hombres pueden hacerme daño, permaneceré alerta y quizá pueda detectar antes cualquier señal de peligro.

La generalización intenta evitar que volvamos a sentirnos completamente desprevenidos.

Nuestra mente prefiere, muchas veces, equivocarse por exceso de protección antes que arriesgarse a repetir un daño que ya conoce.

Una protección que puede tener un precio

Una creencia puede haber nacido para protegernos y, aun así, acabar encerrándonos.

Lo que en un momento nos ayudó a mantenernos a salvo puede impedirnos, más adelante, diferenciar entre las personas que representan un peligro real y las que no.

Podemos interpretar señales ambiguas como pruebas de que algo malo está a punto de ocurrir. Alejarnos antes de comprobar si alguien es seguro. Desconfiar de una persona por lo que hicieron otras. O tratar a quien tenemos delante como si fuera responsable de una historia en la que nunca participó.

También podemos prestar mucha atención a cualquier comportamiento que confirme nuestra desconfianza y restar importancia a las experiencias que podrían ayudarnos a modificarla.

Esto no significa que debamos ignorar nuestra intuición, borrar lo vivido o confiar indiscriminadamente. La experiencia también nos enseña a detectar riesgos y a proteger nuestros límites.

La dificultad aparece cuando el pasado decide de antemano lo que significa todo lo que sucede en el presente.

Comprender el origen de una creencia no implica considerarla verdadera. Tampoco elimina nuestra responsabilidad sobre la manera en que tratamos a los demás.

Podemos reconocer que una generalización tuvo sentido en nuestra historia y, al mismo tiempo, preguntarnos si continúa siendo útil o justa ahora.

Cuando dejamos de ver a la persona

Los prejuicios se convierten especialmente en un problema cuando la categoría ocupa todo el espacio y deja de existir la curiosidad.

Ya no observamos cómo se comporta esa persona concreta. No esperamos a conocer sus valores, sus decisiones o su manera de relacionarse. Creemos que la etiqueta ya nos ha proporcionado toda la información necesaria.

Entonces podemos caer en errores como:

  • atribuir intenciones sin haberlas comprobado;
  • interpretar cualquier gesto desde nuestra expectativa previa;
  • aplicar a una persona las características que asociamos a todo un grupo;
  • tratarla de una manera que termine condicionando su respuesta;
  • ignorar todo aquello que contradice nuestra primera idea.

Incluso podemos provocar, sin darnos cuenta, parte de aquello que temíamos. Si tratamos a alguien con hostilidad porque esperamos que sea hostil, es más probable que esa persona responda de forma defensiva. Después, su reacción puede parecernos la confirmación de que teníamos razón desde el principio.

El prejuicio no solo modifica cómo vemos a los demás. También puede influir en la relación que acabamos construyendo con ellos.

No se trata de no tener nunca prejuicios

Pretender eliminar por completo cualquier asociación automática probablemente no sea un objetivo realista.

No elegimos conscientemente todos los aprendizajes que hemos recibido ni todas las primeras ideas que aparecen en nuestra mente. Algunas surgen antes de que tengamos tiempo de pensarlas. Son automáticas.

Pero sí podemos decidir qué hacemos después.

Podemos detenernos antes de actuar, diferenciar una impresión de un hecho y preguntarnos si estamos observando realmente a la persona o completando lo que desconocemos con una historia previa.

También podemos revisar de dónde procede una determinada idea:

¿La he comprobado personalmente?

¿La aprendí de mi entorno?

¿Estoy convirtiendo algunas experiencias en una afirmación sobre todo un grupo?

¿Esta persona ha hecho algo que justifique mi desconfianza o estoy reaccionando ante otras personas de mi pasado?

¿Estoy permitiendo que la realidad modifique mi primera impresión?

Estas preguntas no obligan a confiar ni a renunciar a nuestros límites. Nos ayudan a responder con mayor precisión a lo que está ocurriendo aquí y ahora.

Comprender para poder elegir

Los prejuicios tienen sentido dentro del funcionamiento de nuestra mente. Nos ayudan a simplificar, anticipar y, en ocasiones, protegernos.

Pero ese mismo mecanismo puede llevarnos a reducir a una persona a una categoría, mantener ideas injustas o responder al presente desde heridas que pertenecen al pasado.

No somos completamente responsables de la primera asociación que aparece en nuestra cabeza. Pero sí podemos responsabilizarnos de revisarla, contrastarla y decidir si queremos actuar desde ella.

Conocer el origen de nuestros prejuicios no significa disculpar todas sus consecuencias. Significa dejar de verlos como una verdad evidente y empezar a tratarlos como lo que son: una interpretación que puede tener una historia, una función y también la posibilidad de ser modificada.

Porque las categorías pueden ayudarnos a orientarnos, pero nunca deberían impedirnos conocer a la persona que tenemos delante.

Si notas que algunas experiencias del pasado condicionan tu manera de confiar, vincularte o interpretar a los demás, puedo acompañarte en ese proceso.

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