Motivación: entre las ganas y el compromiso

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No siempre tendrás ganas de hacer lo que te importa. Pero tampoco necesitas convertir cada parte de tu vida en una meta. Entre vivir esperando la motivación y exigirte constantemente existe un espacio mucho más interesante: elegir conscientemente qué quieres sostener y qué quieres simplemente disfrutar.

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Hay cosas que queremos hacer y, aun así, no siempre nos apetece hacerlas.

Queremos movernos más, retomar un proyecto, aprender algo nuevo, cuidar más una amistad, leer, cocinar mejor, dedicar tiempo a una afición o avanzar en algo que nos importa. Y a veces esperamos a sentir esa especie de impulso interno que nos diga: ahora sí, tengo ganas.

El problema es que las ganas son bastante caprichosas.

Hay días en los que aparecen solas y todo resulta fácil. Otros estamos cansados, entretenidos con otra cosa o simplemente preferiríamos quedarnos en el sofá. Y si dejamos determinadas partes de nuestra vida completamente en manos de la motivación del momento, es fácil que acabemos haciendo mucho menos de lo que en realidad queríamos hacer.

Pero la alternativa tampoco tiene que ser vivir sometidos a la disciplina, convertir cada aspecto de nuestra vida en un objetivo o estar permanentemente intentando ser una versión más productiva de nosotros mismos.

Entre ambos extremos existe algo bastante más interesante: el compromiso con aquello que hemos decidido que es importante y merece un lugar en nuestra vida.

La motivación no siempre llega antes de empezar

A menudo pensamos la motivación como si siguiera un orden bastante sencillo:

primero me apetece → después lo hago.

Y algunas veces ocurre exactamente así.

Pero muchas otras funciona al revés. Empezamos sin demasiadas ganas y, una vez estamos dentro de la actividad, aparece el interés, la satisfacción o incluso el disfrute.

No siempre tienes ganas de salir a caminar antes de ponerte las zapatillas. Ni de ver a alguien antes de salir de casa. Ni de empezar ese libro, ordenar algo pendiente o sentarte veinte minutos con un proyecto.

Eso no significa necesariamente que no te interese.

Significa simplemente que tener ganas y considerar algo importante son cosas distintas.

Si necesitamos sentirnos motivados para actuar, corremos el riesgo de interpretar cada bajada de ganas como una señal: quizá esto no es para mí, ya no me interesa tanto, no soy constante.

Cuando muchas veces no está ocurriendo nada especial. Simplemente hoy no te apetecía.

El compromiso empieza donde terminan las ganas

Comprometerte con algo significa poder decir:

“Esto me importa lo suficiente como para darle espacio incluso algunos días en los que no me apetezca demasiado.”

Eso puede significar entrenar aunque hoy no te apetecía demasiado. Reservar tiempo para una amistad aunque la semana haya sido intensa. Practicar algo que quieres aprender aunque todavía se te dé regular y por eso no apetezca tanto. O avanzar un poco en un proyecto cuando no estás especialmente inspirada.

No porque haya que sufrir para conseguir las cosas ni porque abandonar esté prohibido.

Sino porque las decisiones importantes necesitan cierta continuidad para poder convertirse en algo real.

Si cada decisión que tomamos vuelve a ponerse en cuestión dependiendo de cómo nos sintamos ese día, resulta muy difícil construir nada a medio plazo.

Comprometerte no significa exigirte siempre

Aquí aparece una distinción importante.

Hablar de compromiso puede acabar convirtiéndose fácilmente en otro mandato: si de verdad te importa, tienes que hacerlo. Y tampoco se trata de eso.

Puedes decidir no entrenar hoy porque estás agotada.

Puedes cancelar un plan.

Puedes dejar una afición.

Puedes descubrir que un objetivo que elegiste hace seis meses ya no te interesa.

Puedes parar.

La diferencia está en si estás tomando esa decisión conscientemente o simplemente estás obedeciendo a la incomodidad inmediata.

Hay una diferencia enorme entre decir:

“Hoy necesito descansar y decido no hacerlo”

y

“Nunca encuentro el momento porque siempre espero a tener más ganas.”

El compromiso no consiste en cumplir pase lo que pase. Consiste en no dejar que el estado de ánimo o las ganas del momento decidan automáticamente por ti.

Y, aun así, no todo necesita convertirse en un objetivo

También podemos caer en el extremo contrario.

Leer más libros. Correr más rápido. Cocinar mejor. Aprovechar mejor las tardes. Aprender idiomas. Meditar todos los días. Mejorar nuestra alimentación. Ser más eficientes. Desarrollar nuestras habilidades. Tener mejores hábitos.

Incluso aquello que empezó siendo agradable puede acabar convertido en otra pequeña obligación.

Y no hace falta.

Hay cosas que pueden existir en nuestra vida simplemente porque nos gustan.

Puedes pintar sin querer mejorar.

Leer sin llevar la cuenta de los libros.

Salir a caminar sin medir kilómetros.

Tocar un instrumento sin aspirar a tocar especialmente bien.

Ver a tus amigos sin considerar que estás “cuidando tu vida social”.

Hacer algo mal, irregularmente y sin intención de progresar.

No todo necesita una meta, una métrica o una versión futura de ti a la que llegar.

A veces el valor de una actividad está precisamente en que no sirve para nada más que para disfrutarla mientras ocurre.

Entonces, ¿cuándo necesito compromiso y cuándo simplemente disfrutar?

Quizá una pregunta útil sea:

¿Qué quiero construir y qué quiero simplemente vivir?

Hay cosas que necesitan continuidad porque queremos que produzcan algún cambio: aprender una habilidad, terminar un proyecto, mejorar nuestra condición física, cuidar determinadas relaciones o desarrollar un hábito.

Ahí probablemente necesitaremos cierto compromiso, porque las ganas no estarán presentes todos los días.

Y hay otras que quizá no necesitan llegar a ninguna parte.

Solo queremos que formen parte de nuestra vida.

La dificultad aparece cuando tratamos todo como si perteneciera al primer grupo.

Una vida satisfactoria probablemente necesita proyectos, esfuerzo y capacidad para sostener algunas decisiones aunque no siempre apetezcan. Pero también necesita espacios donde no haya nada que mejorar, cumplir ni conseguir.

No necesitas sentirte motivada todo el tiempo

Quizá una relación más amable con la motivación empiece por dejar de pedirle algo que no puede ofrecernos: constancia.

Las ganas cambian.

Tu energía cambia.

Tus prioridades también pueden cambiar.

Por eso, para algunas cosas importantes necesitarás algo más estable que la motivación del momento: una decisión consciente, determinación y compromiso sobre el lugar que quieres que ocupen en tu vida.

Y para otras quizá necesites justamente lo contrario: dejar de convertirlas en tareas y permitirte disfrutarlas sin esperar ningún resultado.

No siempre tendrás ganas de hacer lo que te importa.

Y no todo lo que te importa necesita convertirse en un objetivo.

Encontrar el equilibrio entre ambas cosas también forma parte de construir una vida que se parezca un poco más a la que quieres vivir.

Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.

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