Lo que no aprendí en los másters, sino en consulta

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Hay aprendizajes que no vienen de los libros ni de los másters. La consulta te los enseña, paciente a paciente, a base de vínculo, tiempo y procesos reales.

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Lo que no aprendí en los másters, sino en consulta

Hay aprendizajes que no vienen de los libros ni de los másters (y, desde luego, no solo de la universidad; de eso quizá hable otro día).
No porque la formación teórica no sea importante —lo es, y mucho—, sino porque hay cosas que solo se entienden cuando te sientas en consulta, delante de una persona real, con una historia real y un sufrimiento que no cabe en esquemas.

La práctica clínica te enseña a base de experiencia, errores, ajustes y tiempo. Y en mis más de 10 años de trabajo clínico, he aprendido muchísimo.

El vínculo terapéutico es un factor central del cambio

En los másters se habla del vínculo, pero en consulta se vive su importancia.
He aprendido que sin una relación terapéutica suficientemente segura no hay técnica que sostenga un proceso. El vínculo no es simpatía ni cercanía superficial; es que la persona se sienta comprendida, respetada y a salvo para poder mirar lo que duele.

Pero más allá de su importancia para el avance terapéutico, el propio vínculo puede ser en sí mismo sanador. Que cuando alguien viene con una historia de no ser visto, no ser validado, sentirse poco importante o que sus necesidades siempre están en segundo plano, de pronto la relación terapéutica se vuelve correctiva y sanadora.

El síntoma no se entiende sin la historia

La consulta me ha enseñado que centrarse solo en aliviar el síntoma empobrece el proceso.
La ansiedad, el bloqueo, la tristeza o la rabia tienen sentido cuando se colocan dentro de la historia vital de la persona.

No se trata únicamente de aliviar algo que molesta, sino de entender por qué apareció, cuándo fue necesario y qué función ha cumplido. Sin esa mirada, el cambio suele quedarse en la superficie y la recaída es muy probable.

Por eso aprendí también a no dar altas prematuras: que el síntoma haya disminuido no significa necesariamente que el verdadero problema esté trabajado.

El cambio profundo suele ser más lento, más incómodo y menos espectacular, pero también más estable y duradero. No siempre es el camino más corto, pero sí el más sólido.

La terapia es corresponsabilidad

Otro aprendizaje clave ha sido entender que la terapia no es algo que el profesional “hace” mientras el paciente «recibe».
El proceso funciona cuando hay implicación, reflexión y movimiento también fuera de la sesión.

Mi papel no es cargar con todo el peso del cambio, sino acompañar, sostener y orientar. Es una co-construcción. Un trabajo en equipo.

El progreso no es lineal

Retrocesos, estancamientos, semanas en las que parece que todo va peor o que nada se mueve.
La práctica clínica enseña que esto no significa que el proceso no funcione. Muchas veces ocurre justo cuando se están tocando capas más profundas.

La idea de mejorar de forma continua y ascendente rara vez se sostiene en la terapia real.

Poner límites también forma parte del cuidado

La implicación entre sesiones, la disponibilidad y el contacto forman parte del trabajo terapéutico, pero no pueden ser ilimitados.
He aprendido que poner límites claros no enfría el vínculo ni resta cuidado; al contrario, lo sostiene.

Responder mensajes, atender llamadas puntuales o acompañar en momentos difíciles tiene sentido cuando está al servicio del proceso. Decir no cuando es necesario también lo está.
Los límites no son distancia emocional: son responsabilidad profesional y una forma de cuidado para ambas partes.

Lo que sigo trabajando como terapeuta

Sostener ambivalencias es parte del trabajo terapéutico

Querer cambiar y no querer hacerlo a la vez. Desear estar mejor y, al mismo tiempo, tener miedo a las consecuencias del cambio. Querer venir a terapia, seguir viniendo y al mismo tiempo, no implicarse en el cambio.

Esto no es necesariamente resistencia ni falta de motivación. Es humano.
En consulta he aprendido que acompañar implica poder sostener esas ambivalencias sin forzar decisiones ni empujar procesos antes de tiempo.

Escuchar el ritmo del paciente

Aunque como profesional a veces veas cosas claras, no siempre es el momento de señalarlas.
He aprendido que respetar el ritmo del paciente es fundamental, incluso cuando eso implica frenar tus propias ganas de avanzar o de “resolver”.

Forzar tiempos suele generar más defensas que cambio.

El peso del encuadre

Reconozco que tiendo a ser flexible y he aprendido que un encuadre poco cuidado no solo afecta a mi agenda, sino también al proceso terapéutico.

El encuadre no es rigidez: es estructura, sostén y cuidado para ambas partes.

Tolerar no entenderlo todo desde el principio

No siempre hay hipótesis claras ni respuestas rápidas. Hay que atar en corto el afán de entender. Sigo trabajando en sostener la incertidumbre sin apresurar explicaciones que tranquilicen más al terapeuta que al paciente.

No rescatar demasiado rápido de la emoción

Acompañar no siempre implica hablar. Muchas veces implica callar, esperar y sostener.
Estoy aprendiendo a no intervenir solo para aliviar el malestar, sino a permitir que la emoción tenga espacio cuando eso es terapéutico.

La consulta no solo transforma a quien pide ayuda.
También transforma a quien acompaña.

Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.

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