Cuando los padres tienen formas distintas de educar
Uno cree que hay que mantenerse firme. El otro piensa que, esta vez, se puede hacer una excepción. Uno interviene enseguida cuando el niño se frustra; el otro prefiere esperar un poco. Y lo que empieza como una situación cotidiana acaba en una discusión sobre quién está siendo demasiado estricto o demasiado permisivo.
Tener formas distintas de educar es de lo más habitual. Incluso cuando compartimos valores y hemos hablado mucho sobre cómo queremos criar, aparecen diferencias que no habíamos previsto. Otra cosa es manejarlas cuando hay cansancio, prisas y un niño llorando delante.
Aprender a criar juntos requiere conversaciones, ajustes y cierta disposición a revisar lo propio. A veces cuesta especialmente porque lo que está en juego toca aspectos muy personales de nuestra historia.
Cada uno llega a la crianza con su propia historia
Cuando tenemos hijos, nos acompañan muchas ideas sobre cómo deberían comportarse los niños y qué significa ser una buena madre o un buen padre. Algunas las hemos elegido conscientemente. Otras las aprendimos hace tanto que apenas nos damos cuenta de que están ahí.
Quien creció en una familia donde se valoraba mucho la obediencia puede vivir una negativa de su hijo como una falta de respeto. Quien tuvo poco espacio para expresar lo que sentía quizá se esfuerce especialmente en escuchar, aunque después le cueste sostener un límite si el niño llora. Son ejemplos de cómo una misma situación puede tener significados diferentes para cada adulto.
También podemos intentar alejarnos tanto de la educación que recibimos que nos resulte difícil valorar qué necesita nuestro hijo en ese momento. El miedo a repetir lo que nos hizo daño puede pesar mucho.
Las experiencias traumáticas y las dificultades psicológicas también pueden influir en cómo interpretamos y respondemos a nuestros hijos. Por eso merece la pena preguntarnos: ¿qué me remueve tanto de esta conducta?, ¿qué temo que ocurra si cedo?, ¿por qué me cuesta soportar su enfado?
Revisar estas cuestiones, y trabajarlas en terapia cuando lo necesitamos, nos permite disponer de más opciones al educar. La propia historia deja de dirigir tantas respuestas sin que nos demos cuenta.
En qué necesitamos estar de acuerdo
Hay diferencias que caben perfectamente dentro de una crianza compartida. Cada progenitor puede tener su forma de jugar, de consolar o de acompañar una tarea. Esa variedad da espacio a una relación propia con cada uno.
Los problemas suelen aumentar cuando faltan acuerdos sobre cuestiones importantes: cómo se ponen los límites, qué respuestas se consideran inaceptables o cómo se atienden las necesidades del niño.
Conviene hablar de situaciones concretas. «Tenemos que poner más límites» puede significar cosas muy distintas para cada persona. Resulta más útil plantear: «¿Qué hacemos cuando pega?», «¿Cómo terminamos el tiempo de pantalla?» o «¿Qué podemos pedirle que haga solo a su edad?».
También ayuda revisar nuestras expectativas sobre el desarrollo infantil. Podemos estar discutiendo sobre cómo conseguir que un niño se comporte de una manera para la que todavía necesita bastante ayuda.
Los acuerdos han de ser comprensibles y posibles de sostener. Si solo funcionan cuando todos hemos dormido bien y tenemos una paciencia infinita, habrá que ajustarlos.
Qué significa desautorizar al otro delante del niño
Desautorizar consiste en debilitar o desacreditar la posición del otro como figura de referencia. Puede ocurrir de formas muy evidentes, como decir «no le hagas caso a tu padre, que siempre exagera», y también mediante gestos, burlas o decisiones que anulan repetidamente las suyas.
Por ejemplo, permitir a escondidas algo que se había acordado limitar, presentar al otro como «el malo» o buscar la complicidad del hijo: «Ya sabes cómo se pone mamá». En esas situaciones, el niño queda involucrado en una tensión que corresponde resolver a los adultos.
Cuando esta dinámica se repite, puede generar confusión sobre los límites y deteriorar la confianza entre los progenitores. El niño también puede sentirse obligado a posicionarse, guardar secretos o cuidar los sentimientos de alguno de ellos.
Es comprensible que, ante respuestas contradictorias, busque a quien le ofrece la opción que prefiere. Corresponde a los adultos revisar cómo están gestionando esas diferencias, evitando atribuirle al niño la responsabilidad del conflicto.
Expresar otra opinión, pedir que se reconsidere una decisión o reconocer que el otro tiene razón son cosas distintas. Podemos hacerlo cuidando la manera en que hablamos y el lugar en el que dejamos a cada persona.
Cómo actuar cuando el desacuerdo aparece en ese momento
A veces basta con una pausa: «Esto lo tenemos que hablar un momento». Si la decisión puede esperar, podemos apartarnos y acordar cómo responder. Si es una diferencia menor y la situación está siendo respetuosa, quizá podamos dejar que el otro la gestione y comentarla después.
También podemos discrepar delante del niño sin entrar en una discusión: «Yo lo había entendido de otra manera. Vamos a aclararlo». Ver a los adultos escucharse, negociar y resolver diferencias le ofrece un ejemplo de cómo manejar los desacuerdos.
Eso requiere contener las descalificaciones y renunciar a demostrar, en ese instante, quién tiene razón. Si estamos muy alterados, probablemente necesitemos retomar la conversación más tarde.
Hay una excepción importante: ante golpes, humillaciones, amenazas o una actuación que está haciendo daño, corresponde intervenir en ese momento. Podemos frenar la situación con claridad: «Voy a intervenir. Así le estamos haciendo daño; necesitamos parar».
También es posible cambiar una decisión delante del hijo. Quien la tomó puede decir: «Lo he pensado mejor y vamos a hacerlo de otra manera». La capacidad de revisar el propio criterio forma parte de una autoridad responsable.
Llegar a acuerdos sin entrar en una lucha de poder
Las conversaciones se complican cuando empezamos a tratar al otro como alguien a quien hay que corregir constantemente. Frases como «es que tú no sabes poner límites» o «te he dicho mil veces cómo tienes que hacerlo» suelen despertar defensa y enfado.
Ayuda más describir lo que nos preocupa: «Cuando le decimos cosas distintas sobre esto, acabamos discutiendo y él no sabe qué esperar. Tenemos que acordarlo».
Detrás de dos respuestas diferentes puede haber preocupaciones que ambos podamos comprender. Uno teme que el niño crezca sin tolerar la frustración. El otro teme que se sienta solo cuando está pasándolo mal. Entender esas preocupaciones permite buscar una respuesta que tenga en cuenta ambas.
Podemos aprender del otro. Quizá tenga más facilidad para mantener la calma, encuentre una manera de explicar las cosas que funciona mejor o detecte una necesidad que se nos ha pasado por alto. Para aprovecharlo, hace falta poder reconocer su aportación sin vivirla como una derrota.
Y conviene mirar el contexto. Si una persona lleva casi toda la organización, conoce las rutinas y sostiene los momentos difíciles, mientras la otra interviene ocasionalmente para cuestionar sus decisiones, el conflicto incluye un problema de corresponsabilidad. Tener voz en la crianza implica también asumir cuidados y responsabilidades.
Cómo reparar cuando ya os habéis desautorizado
Habrá momentos en los que salga una frase desafortunada o acabemos discutiendo delante del niño. Merece la pena volver sobre lo ocurrido.
Entre los adultos, podemos reconocer nuestra parte de forma concreta: «Antes te he dejado como si no supieras cuidar de él. Estaba en desacuerdo, pero te he hablado con desprecio». Después habrá que abordar el desacuerdo que sigue pendiente.
Si el niño ha presenciado la situación, también puede necesitar una explicación breve y adaptada a su edad: «Antes hemos discutido y te hemos dado respuestas distintas. Ya lo hemos hablado y hoy vamos a hacer esto».
Si lo hemos puesto en medio, podemos aclarar: «No tienes que elegir quién tiene razón ni arreglar lo que nos pasa. Eso nos corresponde a nosotros».
La reparación cobra sentido cuando va acompañada de cambios. Si repetimos la misma escena a diario, necesitaremos revisar qué la desencadena y qué acuerdos o ayudas nos faltan para responder de otra manera.
Construir una forma de criar que podáis sostener juntos
Criar juntos supone ir construyendo acuerdos entre personas que tienen sensibilidades, aprendizajes y recursos diferentes. Algunos se alcanzan con facilidad; otros necesitan tiempo y varias conversaciones.
Puede ayudar reservar un momento tranquilo para hablar de una situación concreta, decidir qué vais a probar y revisar después cómo ha ido. Así resulta más fácil salir de discusiones generales sobre quién educa mejor.
Los hijos cambian, las circunstancias familiares también y los acuerdos necesitan actualizarse. Habrá etapas en las que os resulte sencillo coordinaros y otras en las que tengáis que dedicarle más atención.
Si las conversaciones terminan siempre en reproches o notas que tu propia historia te lleva a reaccionar de una forma que después lamentas, el acompañamiento psicológico puede ayudarte a comprender qué se activa y a encontrar otras respuestas. Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese trabajo.







