Disociación cotidiana: qué es y cuándo se vuelve un problema

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Ir en automático, desconectarte por dentro o sentir que no estás del todo presente puede tener un sentido psicológico. En este artículo te explico qué es la disociación cotidiana, por qué aparece y cuándo conviene prestarle atención.

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Cuando te “vas” sin darte cuenta

A muchas personas les pasa algo difícil de explicar: están en una conversación, en el trabajo o incluso con alguien importante… y de repente no están del todo ahí. Siguen funcionando, respondiendo, haciendo lo que toca, pero por dentro hay una sensación de desconexión, como si una parte se hubiera ido a otro sitio.

No siempre es evidente. A veces se nota como ir en automático, otras como una especie de niebla mental, otras como si el cuerpo estuviera presente pero la mente no. Y muchas veces no se le pone nombre. Simplemente se vive así.

Eso que ocurre tiene un nombre en psicología: disociación cotidiana.

Qué entendemos por disociación (y de dónde viene el concepto)

La disociación no es un concepto nuevo ni una etiqueta de moda. Aparece ya en el psicoanálisis, vinculada a la idea de que, cuando algo resulta demasiado intenso emocionalmente, la mente puede “separar” partes de la experiencia para poder seguir funcionando.

Con el tiempo, el concepto ha ido evolucionando y ampliándose desde diferentes enfoques: el estudio del trauma, el apego, la neurobiología del estrés. Hoy entendemos la disociación no solo como algo ligado a situaciones extremas, sino también como una respuesta posible ante el estrés prolongado, el desbordamiento emocional o la falta de recursos para sostener lo que se siente.

Importante aclararlo desde el principio: disociar no es en sí una enfermedad. Es un mecanismo psicológico humano.

La disociación no es igual para todo el mundo

La disociación no aparece de una sola forma. Más bien se mueve en un continuo de intensidad.

En los niveles más leves y frecuentes encontramos experiencias como:

  • ir en automático gran parte del día
  • desconectarse en conversaciones
  • perder el hilo de lo que se estaba diciendo
  • sentir que el tiempo pasa sin darse cuenta

En niveles más intensos puede aparecer:

  • sensación de irrealidad
  • desconexión del propio cuerpo
  • lagunas de memoria
  • dificultad para registrar lo que se siente

La mayoría de personas que disocian en su vida cotidiana no están en los extremos, sino en puntos intermedios. Y aun así, el malestar puede ser real.

La disociación como defensa: cuando desconectar fue una solución

Desde una mirada clínica, la disociación tiene sentido. No aparece porque sí ni porque la persona sea débil. Aparece como una defensa.

Cuando algo es demasiado intenso —emocionalmente, relacionalmente o internamente— y no hay recursos suficientes para sostenerlo, el sistema psíquico busca protegerse. Desconectarse puede ser una forma de reducir el impacto, de seguir adelante sin romperse.

En muchos casos, la disociación fue una solución necesaria en algún momento de la vida. Ayudó a atravesar situaciones que no podían procesarse de otra manera. Y eso merece respeto.

Cuando la defensa empieza a limitar

El problema no es haber disociado, sino seguir haciéndolo cuando ya no es necesario, o cuando el coste empieza a ser alto.

Con el tiempo, la desconexión puede interferir en:

  • el vínculo con los demás
  • la capacidad de registrar lo que se siente o se necesita
  • la toma de decisiones
  • la sensación de identidad y continuidad

Muchas personas describen una vivencia de estar “a medias” en la vida: cumplen, funcionan, pero les cuesta sentirse realmente presentes o conectadas.

¿Se puede reducir la disociación cotidiana?

Más que “evitar” la disociación, el trabajo suele ir por otro lado: entenderla, reconocerla y ampliar recursos.

Algunas claves importantes:

  • empezar a notar cuándo aparece
  • identificar señales tempranas de desconexión (dificultad para seguir una conversación, sensación de ir en automático, tensión corporal o una especie de niebla mental)
  • volver al cuerpo de forma suave, sin forzarse (notar el apoyo de los pies, la respiración, algún estímulo físico)
  • poner palabras a lo que está pasando (“me estoy desconectando” o “esto me está superando un poco”)
  • bajar la autoexigencia interna

Intentar luchar contra la disociación suele empeorarla. Comprenderla suele ser el primer paso para que empiece a disminuir.

Cuándo conviene prestarle atención

La disociación cotidiana merece una mirada más profunda cuando:

  • aparece con mucha frecuencia
  • interfiere en las relaciones
  • genera sensación de vacío o desconexión persistente
  • existe una historia de trauma o estrés prolongado

En esos casos, abordarla en un espacio terapéutico puede ser muy reparador.

La disociación no es un fallo ni una debilidad. En muchos momentos fue una forma de cuidarte cuando no había otra. Quizás ahora el trabajo consista en aprender nuevas maneras de estar, más conectadas y más amables contigo.

Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.

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