La ansiedad no es un error del sistema. Es una función y es adaptativa.
Nos activa, nos prepara, nos ayuda a anticipar riesgos y a reaccionar con rapidez. Sin ansiedad, no estudiaríamos para un examen, no frenaríamos ante un peligro ni nos prepararíamos para una entrevista importante.
Entonces, ¿por qué a veces se convierte en un problema?
La diferencia no está en sentir ansiedad. Está en cómo aparece, cuánto dura y cuánto limita tu vida.
¿Qué es la ansiedad normal?
La ansiedad normal es proporcional a la situación.
Aparece ante algo que objetivamente implica reto, incertidumbre o posible amenaza. Tiene un inicio claro. Y, cuando la situación termina o se resuelve, disminuye. Puede ser intensa. Puede ser incómoda. Pero es funcional.
Ejemplos:
- Nervios antes de una presentación.
- Inquietud cuando un ser querido no responde al teléfono.
- Activación ante un cambio importante.
El cuerpo se activa, la mente se enfoca y, después, el sistema se regula. La ansiedad cumple su función y se retira.
Es como una alarma antiincendios que se enciende cuando hay fuego. La luz y el ruido te alertan y menos mal que lo hacen, aunque sean estímulos molestos.
¿Cuándo empieza a ser un trastorno?
La ansiedad se convierte en trastorno cuando deja de estar al servicio de la vida y empieza a organizarla y a limitarla.
Algunas señales orientativas:
- Es desproporcionada respecto a la situación.
- Aparece sin un desencadenante claro.
- Se mantiene en el tiempo aunque el peligro haya pasado.
- Genera evitación constante.
- Interfiere en el trabajo, las relaciones o el descanso.
- Produce un malestar intenso y recurrente.
Aquí la ansiedad ya no es una respuesta puntual, sino un patrón. El sistema de alarma se queda encendido demasiado tiempo y en ausencia de amenaza o reto real.
No se puede vivir con una alarma antiincendios sonando y haciendo luz todo el día como su hubiera fuego, pero sin que lo haya. Vivir en alerta constante agota.
No todo lo intenso es patológico
A veces confundimos intensidad con trastorno.
Puedes tener una reacción de ansiedad muy fuerte en un momento concreto y que eso no signifique que tengas un trastorno de ansiedad.
Lo que marca la diferencia no es solo cuánto sientes, sino:
- La frecuencia.
- La duración.
- La pérdida de control.
- El impacto en tu funcionamiento.
La salud mental no es blanco o negro. Es una escala de grises.
Una pregunta útil
Más que preguntarte “¿Tengo ansiedad?”, puede ser más útil preguntarte: ¿Esta ansiedad me está ayudando a afrontar algo o me está limitando?
Si te impulsa a actuar, prepararte o protegerte, probablemente está funcionando. Si te paraliza, te encierra o te obliga a vivir evitando, puede que necesite atención.
No es cuestión de fuerza de voluntad
Cuando la ansiedad se convierte en trastorno, no es porque seas débil.
Suele haber factores biológicos, aprendizajes previos, experiencias vitales, rasgos temperamentales o situaciones mantenidas de estrés que han sensibilizado tu sistema de alarma.
No es un fallo moral. Es un sistema que se ha desregulado. Y los sistemas desregulados pueden aprender a regularse.
La ansiedad no es el enemigo. Pero tampoco deberías tener que vivir dominada por ella.
Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.





