En los últimos años se habla mucho de validación emocional en la crianza. Muchas madres y padres intentan aplicarla y, aun así, sienten que no funciona, que el niño sigue desbordándose o que algo se les escapa. Parte del problema es que el término se ha popularizado, pero no siempre se entiende bien qué significa realmente validar una emoción.
Validar emocionalmente no es una técnica concreta ni una frase correcta que haya que decir. Es una forma de estar con el niño cuando siente algo intenso. Implica reconocer su experiencia emocional y transmitirle que lo que siente tiene sentido, aunque no nos guste, no lo comprendamos o no sepamos aún cómo ayudarle.
Validar no es decir “no pasa nada”, ni distraer para que deje de llorar, ni explicar largamente por qué no debería sentirse así. Tampoco es estar de acuerdo con todo ni permitir cualquier conducta. Validar es reconocer la emoción sin intentar borrarla, sostenerla sin negarla y acompañar sin invadir.
Cuando la validación se confunde con permisividad o con ausencia de límites, suele generar rechazo o miedo en los adultos. Pero validar no va de eso. Va de vínculo.
Para qué sirve validar y por qué importa tanto
La validación emocional cumple una función central en el desarrollo psicológico. A través de ella, el niño va aprendiendo que sus emociones no son peligrosas, que pueden ser sentidas y compartidas, y que hay alguien que las puede sostener junto a él.
Cuando un niño se siente validado:
- aprende a identificar lo que siente,
- desarrolla mayor capacidad de autorregulación,
- construye una base sólida de autoestima,
- y va formando una relación más amable consigo mismo.
Cuando esto no ocurre —aunque haya amor, cuidados y buenas intenciones— suelen aparecer mensajes implícitos como: “lo que siento está mal”, “molesto cuando me emociono” o “mejor no sentir tanto”. A largo plazo, esto puede traducirse en confusión emocional, dificultad para expresar lo que pasa por dentro o, por el contrario, en emociones que desbordan sin control.
Aquí es importante una idea clave: validar una emoción no significa eliminar los límites. Emoción y conducta no son lo mismo. Se puede entender el enfado y, al mismo tiempo, sostener que no se puede pegar. De hecho, los límites puestos sin validación suelen vivirse como rechazo, y la validación sin límites suele generar inseguridad. Ambas cosas necesitan convivir.
Validar según la etapa evolutiva
La validación emocional no se expresa igual en todas las edades, aunque el fondo sea el mismo.
En la primera infancia, validar tiene mucho más que ver con el cuerpo que con las palabras. La presencia tranquila, el tono de voz, el contacto y poner palabras sencillas a lo que ocurre (“estás muy enfadado”, “esto te ha asustado”) son suficientes.
En la infancia media, el niño empieza a necesitar que el adulto le ayude a entender lo que siente sin minimizarlo. Aquí validar es acompañar, no resolver, y dejar espacio a la emoción antes de pasar a la explicación.
En el inicio de la adolescencia, validar implica respetar el espacio emocional sin retirar el vínculo. No interrogar, no invadir, no ridiculizar lo que siente, aunque desde fuera parezca exagerado. La validación aquí suele ser más silenciosa, pero igual de necesaria.
La forma cambia, pero el mensaje de fondo es el mismo: “lo que sientes importa y no estás solo con ello”.
Ejemplos cotidianos: validar en la vida real
La validación se juega en lo cotidiano, no en los grandes discursos.
Un “no llores, no es para tanto” puede transformarse en un “veo que estás muy triste, esto era importante para ti”.
Un “ya está, no pasa nada” en un “te has llevado un susto grande”.
Un “deja de enfadarte” en un “entiendo que estés enfadado, no te ha gustado nada esto”.
Validar no suele calmar de inmediato y ni falta que hace. Y esto es importante decirlo. A veces la emoción necesita tiempo para atravesarse. La validación no apaga la emoción, la acompaña. Y eso, aunque no sea inmediato, deja una huella positiva importante.
Cuando validar resulta difícil o parece no funcionar
Validar no siempre es fácil para los adultos. Muchas veces conecta con cómo fuimos validados —o no— en nuestra propia infancia. También aparecen miedos: a malcriar, a perder autoridad, a que el niño “se acostumbre”. A eso se suman el cansancio, la prisa y el propio desborde emocional.
Además, a veces se valida y la emoción sigue ahí. Y surge la duda: “¿entonces para qué sirve?”. Aquí conviene ajustar expectativas. Validar no es una estrategia para calmar rápido, sino una inversión a largo plazo. El efecto no siempre se ve en el momento, pero sí en la forma en que el niño va aprendiendo a relacionarse con lo que siente.
Algunas señales de que la validación está funcionando no son espectaculares: un niño que se acerca más, que nombra mejor lo que le pasa, que se calma antes con el tiempo o que confía en mostrar su emoción sin miedo.
Validar emocionalmente no es hacerlo perfecto, ni decir siempre lo correcto, ni no equivocarse nunca. Es un gesto repetido, coherente y suficientemente bueno en el tiempo. También es un aprendizaje para los adultos, que muchas veces están haciendo algo nuevo sin haberlo vivido antes.
Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.






