Esperar los resultados de una prueba médica. Preguntarnos si conseguiremos dedicarnos a lo que nos gusta. Mirar a nuestros hijos e imaginar cómo será su vida cuando crezcan. Hay situaciones en las que nos gustaría poder adelantarnos unos años, comprobar qué ocurre y volver al presente con algo más de tranquilidad.
Nos cuesta quedarnos con preguntas abiertas cuando lo que está en juego nos importa. Buscamos información, hacemos planes y pensamos en las distintas posibilidades. A veces conseguimos aclarar lo suficiente para seguir adelante. Otras veces, la respuesta que necesitamos todavía no existe.
Convivir con la incertidumbre implica reconocer esa incomodidad y aprender qué hacer con ella, especialmente cuando ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos.
Por qué nos incomoda no saber
Anticipar lo que puede ocurrir nos permite prepararnos. Si conocemos un peligro, podemos intentar evitarlo o reducir sus consecuencias. Desde una perspectiva evolutiva, detectar señales de amenaza y ajustar nuestra conducta ha tenido un valor evidente para la supervivencia.
Esa capacidad sigue siendo útil. Nos ayuda a prever gastos, cuidar nuestra salud o prepararnos para una situación difícil. El problema aparece cuando intentamos anticipar un futuro para el que nos falta información o que depende de demasiados factores.
Ante una posible amenaza, desconocer qué ocurrirá, cuándo o de qué manera dificulta prepararnos y puede generar ansiedad. Nuestra atención vuelve una y otra vez al asunto, buscando algo que nos permita sentirnos más seguros.
Por eso es comprensible experimentar cierta inseguridad cuando estamos ante una situación incierta. Nos faltan referencias para saber a qué atenernos. Y cuanto más importante sea lo que podemos perder, más difícil puede resultar esa espera.
También hay incertidumbres que despiertan curiosidad o ilusión. Podemos disfrutar una sorpresa o empezar un proyecto con ganas de descubrir cómo irá. Lo que sentimos depende de lo que esté en juego, de nuestras experiencias y de los recursos con los que creemos contar.
Las certezas que nos gustaría tener
Buena parte de nuestras preocupaciones se sitúan en ámbitos en los que nunca llegaremos a tener garantías completas.
Podemos esforzarnos por construir un futuro profesional y desconocer si llegaremos a trabajar como imaginamos. Podemos querer a nuestra pareja y cuidar la relación sin saber si seguiremos juntos toda la vida. También podemos procurar estabilidad económica y ser conscientes de que una crisis, una enfermedad o un cambio laboral podrían alterarla.
Con la salud ocurre algo parecido. Cuidarnos influye en nuestras posibilidades, pero quedan preguntas sobre cómo envejeceremos, qué dificultades aparecerán o cuándo y cómo llegará el final de nuestra vida. Si tenemos hijos, se añaden otras inquietudes: cómo estarán, qué les tocará vivir o con qué apoyos contarán cuando nosotros no estemos.
El contexto sociopolítico también puede remover nuestra sensación de seguridad. Hay decisiones y acontecimientos colectivos que afectan a nuestra vida y sobre los que tenemos una capacidad de influencia limitada.
Estas preocupaciones tienen sentido. Se refieren a cosas valiosas para nosotros. La dificultad está en que podemos pasar muchas horas intentando responder hoy preguntas cuya respuesta solo conoceremos con el tiempo.
Hasta dónde nos ayuda intentar reducir la incertidumbre
Intentar reducir la incertidumbre es lógico. Informarnos antes de tomar una decisión, consultar una duda médica o preparar un plan económico puede ayudarnos a actuar mejor.
Conviene observar, sin embargo, qué está aportando esa búsqueda. Hay un momento en que ya disponemos de la información accesible y seguir buscando apenas añade nada. Aun así, sentimos la necesidad de consultar otra fuente, pedir otra opinión o repasar de nuevo todas las posibilidades.
Podemos encontrarnos comprobando constantemente cómo está una relación, leyendo noticias durante horas o aplazando una decisión hasta sentir una seguridad que nunca termina de llegar. La tranquilidad que obtenemos dura poco y enseguida aparece una nueva duda.
Una pregunta útil es: ¿esto me está ayudando a prepararme o estoy intentando conseguir una garantía que nadie puede darme?
Prepararnos suele conducir a alguna acción concreta y tiene un límite razonable. Dar vueltas puede mantenernos ocupados durante mucho tiempo sin que cambie nuestra capacidad de respuesta. Incluso puede agotarnos y dificultar que atendamos lo que sí necesita nuestra participación ahora.
Aceptar que algunas respuestas no están disponibles
Aceptar la incertidumbre supone reconocer que hay aspectos de nuestra vida que permanecen abiertos, aunque nos gustaría tenerlos resueltos. Podemos desear una respuesta, sentir incomodidad por no tenerla y, aun así, dejar de dedicar todos nuestros esfuerzos a conseguirla.
Esa aceptación permite seguir actuando. Podemos cuidar una relación cuyo futuro desconocemos, tomar una decisión profesional con información incompleta o hacer planes que quizá tengamos que modificar.
Para ello ayuda distinguir qué podemos hacer hoy y qué tendrá que esperar. Quizá podemos pedir una cita, preparar una conversación o buscar un apoyo. Después, puede quedar un tiempo de espera que ninguna vuelta mental va a acortar.
Durante ese tiempo es posible que sigamos sintiendo inquietud. Podemos reconocerla, darnos un poco de margen y volver a nuestras actividades sin exigirnos que desaparezca antes. Aprender a convivir con la incertidumbre incluye tolerar cierta incomodidad mientras la vida continúa.
También requiere práctica. Cada vez que tomamos una decisión suficientemente meditada sin comprobarlo todo una vez más, o dejamos una pregunta abierta y seguimos con nuestro día, vamos adquiriendo experiencia en vivir sin todas las respuestas.
Confiar en nuestros recursos para afrontar lo que venga
La seguridad también puede apoyarse en cómo nos vemos a nosotros mismos frente a las dificultades. Si imaginamos un futuro adverso y, además, creemos que seremos incapaces de afrontarlo, la necesidad de tener garantías puede volverse enorme.
Por eso merece la pena prestar atención a la autoconfianza: confiar en nuestra capacidad de responder, aprender y buscar ayuda conforme vayamos necesitando hacerlo.
Esta confianza puede construirse mirando nuestra propia historia. ¿Qué situaciones difíciles hemos atravesado? ¿Qué hicimos cuando al principio no sabíamos cómo seguir? ¿Quiénes nos ayudaron? A veces recordamos con mucha claridad cuánto sufrimos y prestamos menos atención a todo lo que fuimos haciendo para sostenernos.
Otras veces identificamos recursos que necesitamos desarrollar. Podemos aprender a pedir apoyo, mejorar nuestra capacidad para resolver problemas o empezar a tratar con menos dureza nuestras reacciones emocionales. La confianza gana una base concreta cuando reconocemos nuestras capacidades y también trabajamos en lo que nos falta.
Aquí hay algo especialmente importante: afrontar una circunstancia dolorosa puede incluir estar muy triste, sentir miedo, desbordarnos por momentos o necesitar bastante tiempo para recuperarnos. La autoconfianza debe dejar espacio para esas experiencias. Si solo nos consideramos capaces cuando mantenemos la calma y funcionamos bien, cualquier momento de vulnerabilidad parecerá confirmar que no podemos.
Podemos confiar en que seremos capaces de atravesar un duelo aun sabiendo que dolerá. Podemos afrontar un cambio laboral con inseguridad y necesitar orientación durante el proceso. También podemos encontrarnos con situaciones para las que nuestros recursos actuales sean insuficientes y tener que construir otros con ayuda.
Tal vez resulte más creíble decirnos: «Si ocurre, iré viendo qué necesito y cómo puedo responder». Esa disposición permite afrontar el futuro por partes, con la información disponible en cada momento, en lugar de exigirnos hoy una solución para todas las dificultades posibles.
Además, nuestros recursos incluyen a otras personas. Sentir que podemos contar con alguien, acceder a ayuda profesional o disponer de apoyos comunitarios forma parte de la seguridad con la que afrontamos la vida.
Construir seguridad mientras el futuro sigue abierto
Hay condiciones que hacen mucho más difícil convivir con la incertidumbre. La precariedad económica, la falta de apoyo o una situación de amenaza real afectan a nuestra seguridad. En esos casos, buscar protección y mejorar las condiciones de vida, en la medida de lo posible, tiene un papel fundamental.
Al mismo tiempo, siempre quedará una parte del futuro que no podremos asegurar. Podemos dedicar nuestros esfuerzos a cuidar lo importante, fortalecer nuestros recursos y construir apoyos, aceptando que los resultados seguirán teniendo un margen de incertidumbre.
Esto también nos devuelve espacio para el presente. El miedo a perder una relación puede llegar a ocupar el tiempo que querríamos dedicar a disfrutarla. La preocupación por el futuro de nuestros hijos puede dificultar estar con ellos hoy. Reconocerlo nos permite revisar dónde queremos poner nuestra atención, con comprensión hacia el miedo que sentimos.
Podemos ir construyendo una seguridad suficientemente sólida para vivir, decidir y vincularnos mientras quedan preguntas abiertas. Una seguridad que incluya la confianza en que, cuando aparezcan dificultades, podremos ir respondiendo con nuestros recursos y con los apoyos que necesitemos.
Si la incertidumbre ocupa demasiado espacio en tu día a día, puedo acompañarte a comprender qué la hace tan difícil para ti y a desarrollar esa confianza.




