Cuando descubres que algo no encaja
Hay algo que empieza a cambiar alrededor de la adolescencia. De pronto empiezas a mirar el mundo con más distancia. Empiezas a cuestionar cosas que antes simplemente estaban ahí.
En mi caso, ese despertar vino de la mano de la música. A los 16 años empecé a ir a conciertos y festivales de punk rock nacional. A ver grupos que escuchaba desde los 14. Ska-P, Soziedad Alkoholika, Reincidentes, Boikot, El Último Ke Zierre…
En sus letras encontré una forma de mirar la realidad con espíritu crítico. Sobre todo, de no aceptar como normal aquello que no lo es. Y confieso que me enfadaba bastante que problemas tan importantes como la desigualdad, la precariedad, las injusticias… no se comentaran ni en la familia, ni la escuela, ni en casi ningún sitio. Y siempre me alivió encontrar esa mirada en la música y el cine.
Mientras tanto, estudiaba psicología
Paralelamente a todo eso, mi vida iba por otro carril.
Hice un bachillerato científico. No fui una estudiante brillante, pero sí lo suficientemente constante como para llegar hasta donde quería llegar. Con alguna que otra chuleta por el camino, también hay que decirlo. La física y las mates de bachillerato se me atragantaron y había que sobrevivir y salir adelante.
Tenía muy claro que quería estudiar psicología. Seguramente porque necesitaba entender muchas cosas acerca del dolor ajeno y, aunque todavía no era consciente, también del propio. Cómo soy bastante concienzuda, finalmente conseguí la nota necesaria para entrar en Psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona. Me enseñaron a poner el foco de atención en el síntoma y en el trastorno. Pero muy poquito en las causas. Así que creo que me supo un poco agridulce la carrera. Después vinieron los másters, los trabajos mientras estudiaba —muchos de ellos en nuestra sacrosanta hostelería precaria que tanto caracteriza a este país— y esa sensación tan conocida para toda una generación: esforzarse mucho y vivir con bastante precariedad.
Los inicios como psicóloga tampoco fueron fáciles. Pero poco a poco fui construyendo una carrera que hoy me permite vivir bien de un trabajo que me apasiona. Aunque, siendo honesta, todavía me cuesta un poco gestionar el estrés del perfeccionismo y la sobreimplicación, pero estamos en ello.
Dos partes de mí que no casaban
Durante años tuve la sensación de que convivían dos versiones bastante distintas de mí.
Por un lado, la que estaba en la consulta. Escuchando. Pensando clínicamente. Intentando ayudar a las personas a comprender su malestar.
Por otro lado, la que estaba en un festival. Gritando hasta quedar sin voz. Saltando en un pogo en comunión con la rabia de otras personas que ven el mundo como yo. Y claro que sí, tomando alguna cerveza de más con mis amigos.
Y, durante mucho tiempo, esas dos partes parecían no tener nada que ver entre sí. Casi como si fueran vidas paralelas. Cuando estoy en un concierto, casi olvido que soy psicóloga. Cuando estoy en consulta, dejo fuera todo mi bagaje crítico, mi mirada feminista y de izquierdas, porque si no es terapéutico… simplemente no toca. Y eso es ética profesional.
Poco a poco todo va encajando
Con el tiempo me voy formando, leyendo, escuchando otras voces.
Voces críticas con la psicología y la psiquiatría predominantes.
Voces que señalan algo que a veces olvidamos y que yo veo siempre en consulta: que el malestar psicológico no se puede explicar sin tener en cuenta el contexto social de las personas y sus historias.
Y cuando empiezo a escuchar esas voces… algo empieza a encajar. Es música para mis oídos.
De pronto, un día cualquiera, pasa algo curioso.
De camino a un festival, en el coche, escucho a un psiquiatra como José Luis Marín. Exmiembro de la Asociación Americana de Psiquiatría y muy crítico con algunas de sus derivas. Y cita al filósofo Byung-Chul Han, autor de La sociedad del cansancio, recordando una frase que se me queda clavada:
En esta sociedad es mejor un deprimido que un revolucionario.
Cuando llego al festival, asisto por enésima vez a uno de tantos conciertos de El Último Ke Zierre. Comienza a sonar uno de sus temas, Empacho de orfidal, y la voz del Feo, su cantante, suena con rabia. Una rabia que roza el llanto. Y yo grito con él. Y todos los que están allí.
Tu fracaso es natural,
ellos te hicieron pensar que no sirves para nada.
Loco de resignación,
toma su medicación contra la revolución.
No quieren verte llorar.
Un empacho de orfidal.
Y de repente conecto algo. Las letras que me removían de adolescente hablaban del mismo dolor que hoy veo en consulta. El de los pacientes que vienen con su dolor medicado, pero no resuelto. Otros pacientes no vienen medicados, vienen de otras terapias en que solo se ha tratado el síntoma con técnicas psicológicas estupendas, pero que aquí están, empezando de nuevo a explicar un dolor que no desapareció. Un dolor que sigue gritando hasta resolverse. Que busca ser explicado, legitimado, entendido, integrado… para poder hacer que algo cambie de verdad.
Y ahí estábamos todos, dando voz y legitimando el dolor que transmite esa canción y tantas otras. Qué importante. Qué terapéutico.
Y de pronto, cuando voy de vuelta a casa, miro hacia adentro. Y sigo conectando. ¿Qué fue de mi dolor? Pues que tampoco se supo escuchar. No podía ser de otra manera. Al final la familia y la escuela son el brazo armado de la sociedad, citando de nuevo a José Luis Marín, que ya es todo un referente para mí.
Y quizás por eso siempre me enfadó que no se hablara del dolor de una sociedad, porque tampoco sentía que tuviera espacio para hablar del mío. Siempre fue eso: la necesidad de dar voz al dolor. Al mío y al de todos. De no tragar con el molde impuesto. Esa voz la encontré primero en la música punk. Y luego en la psicología y en la psicoterapia. Pero en la psicoterapia profunda, la que atiende a la historia, al contexto social y al trauma silenciado.
Así que al final resulta que no eran partes de mí tan diferentes. Siempre fueron la misma cosa. Idiomas distintos para decir lo mismo: que el dolor tiene que gritar y llorarse para traducirse en cambio y transformación. Que no se consigue nada silenciando la rabia. Ni en lo colectivo ni en lo personal. El cambio pasa por darnos permiso para estar enfadados, tristes y asustados. Por dejar que el dolor hable, grite y llore.
Si tú también sientes que una parte de ti está silenciada y no encuentras un espacio de escucha y validación, yo puedo ofrecértelo. Puedo acompañarte.






