El impacto de volver a la rutina

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Volver de vacaciones no siempre significa volver descansados y con energía. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan adaptarse otra vez a horarios, obligaciones y exigencias. Y, a veces, ese malestar también puede decirnos algo importante sobre la vida a la que estamos volviendo.

Se acaban las vacaciones y, casi de repente, vuelve todo.

El despertador. Los horarios. El trabajo. El colegio. Los desplazamientos. Las tareas pendientes. Los mensajes que se habían quedado sin contestar. Las obligaciones que durante unas semanas parecían estar un poco más lejos.

Y aunque hay personas que agradecen recuperar cierta estructura, para otras la vuelta viene acompañada de cansancio, irritabilidad, apatía, dificultades para concentrarse o esa sensación tan poco concreta de “no quiero volver a esto”.

A veces pensamos que deberíamos regresar descansados, con energía y preparados para empezar de nuevo. Pero haber descansado no significa que nuestro cuerpo y nuestra cabeza puedan cambiar de ritmo de la noche a la mañana.

Volver de vacaciones requiere un proceso de adaptación

Durante las vacaciones suelen modificarse muchas cosas a la vez: dormimos y comemos a otras horas, tenemos menos obligaciones, improvisamos más, disponemos de más tiempo para actividades agradables, socializamos más con nuestros seres queridos y, en muchos casos, disminuye considerablemente la cantidad de decisiones, demandas y preocupaciones cotidianas.

Cuando volvemos a la rutina ocurre justo lo contrario.

Nuestro día vuelve a llenarse de horarios, tareas, responsabilidades y estímulos que requieren nuestra atención. Y nuestro organismo necesita un tiempo para reajustarse.

Por eso, durante los primeros días es bastante normal sentirse algo más cansado, disperso o irritable.

No necesariamente significa que haya algo mal. Puede ser simplemente el coste de volver a adaptarnos.

Ese proceso de adaptación tiene que ver con echar de menos tener más tiempo, menos prisa, menos exigencias, más contacto con otras personas, más momentos agradables o mayor capacidad para decidir qué hacer con nuestro día. Y con el contraste que genera el regreso a la rutina.

Durante unas semanas hemos podido comprobar cómo nos sentimos cuando disponemos de más espacio. Al volver, recuperamos de golpe una vida en la que quizás vamos demasiado deprisa.

Por eso esa incomodidad de septiembre también puede contener información interesante.

No necesariamente significa que tengas que cambiar toda tu vida. Pero quizá merece la pena preguntarte:

¿Qué tenía durante las vacaciones que desaparece completamente cuando vuelvo a mi rutina?

Puede ser descanso. Movimiento. Tiempo con tus hijos. Vida social. Naturaleza. Dormir suficiente. Leer. No mirar continuamente el reloj.

Muchas veces el problema no es que las vacaciones hayan terminado, sino que todo aquello que nos hacía bien desaparece con ellas.

Cuando la cabeza ya anticipa todo lo que viene

La vuelta también puede resultar difícil porque nuestro cerebro anticipa lo que viene ahora.

  • “Ahora empiezan otra vez los madrugones.”
  • “Voy a ir con prisas todos los días.”
  • “Tengo muchísimo trabajo acumulado.”
  • “No voy a tener tiempo para nada.”

Incluso antes de haber retomado completamente la rutina, podemos estar ya mentalmente agobiados.

Y cuando intentamos abarcar de golpe todo lo que viene, es fácil sentirnos sobrepasados. Aquí puede ayudar algo sencillo pero importante: volver al presente y reducir el horizonte. Quizás hoy no necesitas solucionar septiembre. Solamente necesitas organizar este lunes.

No hace falta recuperar el ritmo inmediatamente

Uno de los errores habituales al volver es exigirnos estar funcionando al cien por cien desde el primer día.

Pero las transiciones necesitan tiempo.

Si puedes hacerlo, quizá sea más amable recuperar progresivamente horarios de sueño, organización, ejercicio, comidas o responsabilidades. No porque necesitemos vivir eternamente a medio gas, sino porque los cambios bruscos suelen exigir más esfuerzo.

También puede ser útil evitar llenar inmediatamente todos los espacios disponibles.

Muchas veces regresamos de vacaciones y, en pocos días, hemos vuelto a colocar nuestra agenda exactamente igual que antes: trabajo, compromisos, recados y actividades.

Y entonces dejamos de nuevo el descanso únicamente para cuando “sobre tiempo”. Y luego casi nunca sobra.

Intenta que algo de las vacaciones sobreviva a septiembre

Quizás no puedas desayunar tranquilamente durante una hora cada mañana ni improvisar qué hacer cada día.

Pero quizás haya pequeñas cosas que sí puedan continuar.

  • Salir a caminar después de cenar.
  • Tomarte el café sin mirar el móvil.
  • Reservar una tarde sin planes.
  • Ver más a alguien con quien has disfrutado especialmente durante el verano.
  • Volver a leer antes de dormir.
  • Pasar tiempo al aire libre.

Se trataría de construir una rutina de la que no necesitemos escapar constantemente para encontrarnos bien.

Cuando volver a la rutina genera demasiado malestar

Sentirse cansado o desmotivado durante unos días tras las vacaciones puede formar parte de un proceso normal de adaptación.

Pero conviene prestar atención cuando el malestar es muy intenso, se mantiene con el paso de las semanas o aparece cada vez que tenemos que regresar al trabajo, los estudios o determinadas responsabilidades.

En esos casos quizá la cuestión no sea únicamente la vuelta de vacaciones.

Puede haber agotamiento acumulado, estrés mantenido, problemas laborales o familiares, dificultades de ansiedad, un estado de ánimo bajo o una rutina que lleva tiempo siendo difícil de sostener.

Y ahí la pregunta cambia.

Ya no es únicamente “¿cómo consigo volver a acostumbrarme?”, sino también:

“¿Qué hay en mi vida cotidiana que me está resultando tan difícil volver a habitar?”

Esa pregunta puede resultar incómoda, pero también puede ayudarnos a comprender mucho mejor qué necesitamos.

Las vacaciones terminan. Eso es inevitable. Pero podemos revisar cómo estamos construyendo la vida a la que volvemos después de ellas.

Y quizá septiembre no tenga que consistir solamente en recuperar el ritmo anterior. También puede ser un buen momento para decidir qué queremos recuperar… y qué no.

Si lo necesitas, puedo acompañarte en ese proceso.

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